ADULTOS

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EL RAP DE LA MORGUE - Claudia Amengual

La morgue huele a carne fresca. Es el mismo olor sanguinolento de las carnicerías, una oleada dulzona que revuelve el estómago hasta la náusea, pero que, al cabo de un rato, se soporta con resignada gratitud. La constatación de este primer error de prejuicio desvía la atención de la brutalidad de los hechos, y la mente se distrae por unos instantes en vencer el asco a la podredumbre –que es puro miedo, terror a  enfrentarse a la ineluctable descomposición futura del propio cuerpo-. Atravesado el umbral de esta bienvenida, tampoco espera el silencio obvio de los sepulcros, sino un clic clac metálico que a veces se diluye en el borboteo de aguas y alcoholes, y una palabra que va y viene, pero que no es inteligible porque –como después uno se entera- se trata del código médico de la muerte. Hay más luz de la que uno quisiera, aunque este querer y no querer es un viene y va, un deseo espasmódico, casi esquizoide. La luz provee de la seguridad aséptica de los quirófanos y se opone a ese miedo primario que cualquiera tiene, que todos tenemos. Pero también pone de punta los nervios e impide el recogimiento que una penumbra digna daría. Todo se vuelve demasiado visible. El exceso de luz no hace más que enfrentarnos a la brutalidad de la muerte, como si fuera la tortura de una pinza que a la fuerza mantuviera abiertos nuestros párpados.

Así es la morgue. Así y fría; no se había equivocado al imaginar eso. O así fue aquel día en que el hombre llegó con el único fin de entrevistar a un médico que iba a proporcionarle datos para un artículo periodístico. Y no volverá a saber si la morgue cambió más tarde, si la morgue es una liquidez que fluye entre dos coordenadas de espacio y tiempo, o si es el fósil estancado de las cosas que no mutan porque la muerte también es eso. No volverá a saber, porque no volverá a la morgue, no enfrentará más desde este lado a los muertos. Los muertos son cosas, objetos con piel, sangre y huesos, las tripas al aire, abiertos como cerdos, con el sexo siempre dispuesto, la piel verdosa o amarilla, y los pelos desmelenados, los muertos mueren dos veces cuando están abiertos.

Una estética rara tiene la muerte de las autopsias. Los muertos en la morgue son feos. Inútil sería intentarles un poema. Mentira sería. La más veraz de las mentiras. Imposible sería. En eso pensaba, en eso y le sorprendió ver al médico encendiendo un cigarrillo. ¿Fuma? No fumo. Ah, qué pena, ¿y en qué lo ayudo? Quisiera preguntarle… Claro, busca respuestas; venga conmigo, venga, por aquí, venga, venga, ¿tiene miedo? No, miedo no tengo. Entraron a la sala; la luz más blanca y el frío de frío igual, igual de frío. Sobre la camilla, se estiraba un niño. Once años, dijo el médico, cayó de una azotea. A una señal, una asistente con guantes y tapabocas tajeó el cuerpo desde la garganta hasta el ombligo, quizá un poco más o un poco menos. Había pinzas, había algodón, había gasas y el olor a carne fresca. Aha, observó el médico como quien acaba de hacer un descubrimiento… La asistente revolvía, sacaba, pesaba, volvía a poner en su lugar. Dos policías tomaban nota con la diligencia de un secretario o un taquígrafo.

Hemorragia, decía el médico. Hemorragia, anotaba uno de los policías. Contusión, desprendimiento. Hemorragia, contusión, desprendimiento, hemorragia, contusión, desprendimiento, retumbaban en la cabeza del hombre que ahora sólo podía pensar en respirar y detener el vértigo. Hemorragia, contusión, desprendimiento sonaban las palabras como un rap, el rap de la morgue, el rap de los muertos, y el mareo aumentaba y era imprescindible respirar, controlar el ritmo de la respiración, y mirar sin ver, hemorragia, contusión, desprendimiento, sobre todo no oler, el olor era peor porque no había cómo evitar que se le metiera a uno y lo impregnara por fuera y por dentro, hemorragia, contusión, desprendimiento, y el ruido metálico del instrumental, pinzas, bisturíes, y el tipo que fumaba, fumaba encima del otro cuerpo, hemorragia, contusión, desprendimiento, el humo del cigarrillo era una indecencia en aquel lugar, la cabeza ahora sí le daba vueltas, algo le giraba adentro y casi podía ver el torbellino interior como si fuera el ojo de un pequeño huracán, un huracán doméstico que ya lo iba mareando, que iba a voltearlo, salvo que respirara, salvo que encontrara el ritmo de la respiración, de su respiración, que la acompasara a la del niño, porque el niño respiraba, se le movía la vena en el cuello, y si lograba ajustar su aire al aire del niño, hemorragia, contusión, desprendimiento, ahora era una masa espesa que le subía desde el estómago hasta la boca y que tenía el gusto amargo de su último almuerzo, y que luego bajaba y volvía a acomodársele en el estómago, y amagaba con escalar de nuevo las paredes de su cuerpo, y pensó que no iba a vomitar sobre el niño, porque el niño respiraba, hemorragia, contusión, desprendimiento, y el humo del cigarrillo, y el olor a carne fresca, y el ruido metálico de los instrumentos, respirar, respirar, respirar, respirar, respirar, respirar, solo concentrarse en eso, hemorragia, contusión, desprendimiento, hemorragia, contusión, desprendimiento.

El niño juega al fútbol en la azotea –a quién se le ocurre- y él es el niño. Y es otoño, o quizá primavera, porque no hace frío, pero hay viento. Hemorragia, contusión, desprendimiento…Y él es el niño, que ya no es el niño porque el niño está muerto, pero juega en la azotea. Solo. El fútbol no se juega de a uno. Pero el niño que es el hombre que es el niño juega solo en la azotea. Hemorragia, contusión, desprendimiento…Y el niño no quiere volver a la casa, no quiere bajar las escaleras. Prefiere el mundo alto de la azotea hasta donde no llegan los gritos. En el mundo alto de la azotea, el niño juega a ser libre, la azotea parece que se termina, pero no es cierto. La azotea se prolonga en el aire, y el aire es infinito, y quien domina el aire no tiene coto a sus sueños. Hemorragia, contusión, desprendimiento… El niño que es el hombre que es el niño patea contra una pared, contra el tanque de agua, contra el poste del que cuelga la cuerda de la ropa, y hay ropa, hay una sábana que el niño ensucia y que restriega para tapar lo que ha hecho, frota, frota, se esmera, pero el mal se vuelve peor, y el niño ya no ve la pelota, ni la azotea, oye los gritos que serán, los gritos y quizá los golpes, ya los puede sentir, ya puede la cachetada o la patada en las costillas, ya lo siente, ya le duele, ya le está doliendo, frota, frota, frota, hemorragia, contusión, desprendimiento, frota, frota, frota, la mancha es un pegote de tierra y sudor asustado en la sábana blanca, el niño siente que se marea, que algo le gira adentro, casi puede ver el torbellino interior como el ojo de un pequeño huracán, un huracán doméstico, y ya se va mareando, ya va caer, salvo que se vaya, salvo que se vaya lejos, y el niño sabe que esta vez no se escapa, hemorragia, contusión, desprendimiento, que los golpes van a doler sobre los otros golpes viejos, hemorragia, contusión, desprendimiento, y la azotea no tiene límite, parece que se termina, pero no es cierto, hemorragia, contusión, desprendimiento, la azotea se prolonga en el aire, y el aire es infinito, hemorragia, contusión, desprendimiento, y basta, basta, basta, basta, esto duele, duele, duele, hemorragia, contusión, desprendimiento, el aire es infinito, entonces el niño salta y domina el aire, y quien domina el aire no tiene coto a sus sueños.

LA LÍNEA AMARILLA - Hugo Burel

¿Quién inventó la línea amarilla? ¿Un geómetra? ¿Un artista del planismo abstracto y minimalista? ¿Un maniático de la línea recta? No lo sé: pero la línea amarilla ha cambiado el mundo. Es una genialidad comparable al imaginario meridiano de Greenwich, el meridiano 0, esa inquietante referencia geográfica. A diferencia de esa línea única, la línea amarilla está en todos lados: en las carreteras, en el piso de los aeropuertos, a dos metros de las cajas de los bancos, delante de las ventanillas de las oficinas públicas. La línea amarilla es un límite, una frontera, una cosa inquietante que no podemos atravesar hasta que nos lo indican. Qué poder que tiene esa línea. Hacemos la fila detrás de la línea amarilla y no podemos avanzar, cruzarla hasta que la persona que estaba delante de nosotros haya terminado lo que venía a hacer y alguien ordene que pase el siguiente: para un trámite, una gestión, lo que sea.

A veces, esas líneas amarillas –en especial las de las oficinas de trámites o dependencias de pagos- están un poco despintadas o borrosas. Las decenas de miles de pies que las han pisado han ido desgastando la pintura hasta convertirla en una huella que ya no es amarilla, sino que tiene apenas un tono remotamente vinculado al color original. No obstante, ese rastro de lo amarillo es suficiente para que la línea mantenga su poder, su significación de frontera. Por eso, cuando un día volvemos a ese lugar que tenía difusa la línea y la encontramos recién pintada y bien visible otra vez, sentimos un secreto alivio. La línea ha recuperado a plenitud su poder y de nuevo restalla el amarillo, exultante de autoridad.

Años atrás conocí a un hombre que no se animaba a atravesar una línea amarilla. Se acercaba y cuando estaba a punto de cruzarla, se arrepentía. Le daba el paso a otro. Transpiraba y disimulaba. Nunca podía cruzar la bendita línea, ni siquiera en la calle. Pensaba que si lo hacía, caería en un abismo invisible y terrorífico que iba a tragárselo sin remedio. En donde los demás veían solamente una línea amarilla, él intuía el pasaje a otra dimensión.

Un día, alguien le sugirió que debía ponerse en tratamiento, acudir a un profesional que le ayudase a elaborar y desechar esa idea absurda que era una limitante para su vida. Debía encontrar la razón última de ese miedo, simbolizado por la línea amarilla. Por fin, el hombre aceptó someterse a una terapia y durante meses concurrió dos veces por semana para tratarse el terror ante la línea amarilla. Poco a poco fue aceptando que la verdadera línea existía solamente en su cabeza y era allí donde debía borrarla. Ese borrado le costó dinero y arduos enfrentamientos con sus propios miedos y fantasías. Pero al final del túnel pudo ver la luz. De la última sesión del séptimo mes de terapia se fue absolutamente convencido de que lo único que haría cuando se enfrentase a la primera línea amarilla que viese, sería cruzarla.

Y lo hizo. Por supuesto que desapareció. No se lo vio más. Lo que había del otro lado de la línea amarilla se lo tragó. Sin ruido. Limpito. Ni sangre quedó. Nada. El vacío.

DOÑA HELEN - Susana Cabrera

Dicen que lo sucedido no fue obra de la casualidad.

Santos A. como le llamaban, llegaba de la ciudad recién recibido de abogado.

Regresaba siempre a la gran casa del valle, tomando por el atajo de las acacias, desviando el cruce del pueblo. Sin embargo, ese día, domingo de difuntos, cambió el itinerario, enfiló su gran Plymouth negro y blanco hacia la taberna del turco, pidió una soda fría y pagó con un billete grande de esos que se ven poco y son sello de importancia.

El turco buscó el cambio en el cajón de madera, juntó de sus bolsillos lo que encontró y le pidió a su mujer que lo completara con el dinero de la caja fuerte. La mujer entró en la casa y demoró su regreso. Dicen que fue esa demora la causante de la tragedia.

Los parroquianos tuvieron tiempo de mirarlo bien.

Traje claro de raya bien planchada, chaleco cruzado por una gruesa cadena de oro que sostenía un reloj de bolsillo que lucía sus iniciales en la tapa y que Santos A. abría con un gesto muy personal. Uno pensaba al mirarlo que prefería la sucesión de esos gestos a la precisión de la hora indicada. Camisa de cuello blanco almidonado y corbata palomita de color azul. Azules y blancas eran también sus polainas que daban fe de los gustos de Santos A. por la moda y el empedrado de la ciudad. El sombrero era de paja de La Habana.

Todos conocían su historia, pero se perdía tan lejos en el tiempo que ya habían olvidado su pobreza de otrora respetando ahora al único heredero de la fortuna de los gringos. Había nacido el día de los Santos Difuntos y según la madre, con A, empezaba el nombre del desconocido padre cuya identidad la mujer se llevó a la tumba.

Un ruido a motor exigido lo hizo mirar cuesta abajo, de donde el viejo ómnibus, que recogía una vez por semana a los pocos viajeros que salían del pueblo, luchaba por subir la cuesta acompañado de la tos y el humo negro de siempre.

Santos A. subió al auto y antes de que los parroquianos se hubieran acostumbrado a su ausencia, se estremecieron con la frenada del Plymouth.  Dicen que muchos años después, se veía todavía la huella del auto sobre la piedra adoquinada del viejo empedrado color tiza. Dicen también que si no se hubiera detenido a mirar el ómnibus o si la Magdalena no hubiera perdido ese ómnibus cuatro meses  atrás cuando llegó corriendo y fatigada como potranca recién ensillada, dicen, que todo lo que sucedió después no hubiera sido historia para contar.

Yo hice el trayecto caminando desde la taberna del turco hasta el lugar donde apareció la Magdalena que había subido la pendiente aprovechando las salientes de la roca como escalones, y comprobé por mí mismo que cuando Santos A. la vio, fue en el mismo momento en que ella pisaba el último peldaño y no la hubiera podido ver ni una fracción de segundo antes ni una después.

La Magdalena vivía con su madre en el fondo del valle y dicen que fue la mano de Dios que impidió su primer viaje. A los pocos días la madre enfermó, y durante cuatro meses la cuidó hasta que la pobre mujer entregó lo único que le quedaba, piel y huesos, al Señor.

Pero Dios no quería que la Magdalena abandonara el pueblo, y la segunda vez que intentó partir fue el mismo día que Santos A. cruzaba el pueblo en su Plymouth y la impresión que le causó se mide por la intensidad de la frenada.

Dice mi padre que la Magdalena deslumbraba con su belleza, pero él siempre pensó que esa paloma era para un nido de plumas y no de paja. Dicen que los dos se miraron como hipnotizados y desde lejos se les veía la respiración agitada, y cuando subieron al auto quedó olvidada en el camino, la valija de cartón de la Magdalena.

Los ingleses habían llegado al valle hacía más de veinte años.

Él, alto, rubio, con pantalones de montar y botas de caño alto.

Ella, una belleza pálida, de vestido de muselina con encaje, zapatos de cabrita y parasol bordado.

La volanta que los trajo y con la que una vez al mes subían al pueblo, tenía el sello de bronce de una famosa casa inglesa “Powers y Jhonson”.

Compraron todo el valle y lo transformaron en una copia de sus pagos ingleses. Dicen que todas las tardes a las cinco, una mucama con delantal y cofia blanca le servía el té a la señora. La llamaban doña Helen y ella sonreía ante esa palabra “doña” que no entendía bien pero aceptaba como algo familiar.

Mi padre llegó una tarde, a esa hora, a entregar unos caballos pura sangre y la vio, sentada, sola, en la hermosa galería rodeada de flores, frente al juego de té de plata y con una caja de galletitas Bagley, que dicen le mandaban directamente de Inglaterra.

La servidumbre la quería, aunque nunca se enredó en las costumbres nuestras y en cambio impuso, despacito, las suyas al personal, que se acostumbró a tomar el té después de las comidas, y engalanar las yerras con esas botellas de líquido del mismo color del té y nombre muy difícil de pronunciar, pero que eran un deleite para acompañar los asados de cuero lonjeado.

Dicen que doña Helen tenía siempre la mirada perdida en el horizonte como atisbando un velero que la regresara a su adorado suelo.

Ella esperaba el atardecer en la galería.

En los días muy fríos le servían el té en el salón de la chimenea, en donde un gran retrato del Rey y una bandera del país en raso brillante, daban fe del respeto por sus orígenes. Otro retrato que ocupaba buena parte de la pared del ventanal, mostraba a doña Helen en una cacería con perros, jinetes, cuernos y un castillo de fondo, que no permitía dudas sobre el abolengo de su familia.

Sin embargo, todos sabían de la soledad del matrimonio sin hijos y dicen que en los primeros años de su llegada, los continuos viajes en volanta a la ciudad, se debían al riguroso tratamiento a que la sometió un famoso ginecólogo compatriota. Unos años después, cuando se perdió la esperanza, la volanta dejó de viajar.

Cuando Eulalia entró de cocinera, trajo consigo a su hijo de seis años, y cuando sin prevenir a nadie murió de sorpresa, todos sabían que el niño se convertiría en el hijo del solitario matrimonio inglés.

Santos A. le enseñó al inglés a montar en pelo, a tirar el lazo, a ensillar eligiendo  la cincha de veinte piolas, a cabalgar con y sin estribera y a castrar con los dientes.

Santos A. se fue acostumbrando al césped inglés, al té de la tarde, a las lecturas de Dickens y al selecto internado de la ciudad.

El día que se recibió de abogado, regresó a la casa con la Magdalena.

Dicen que todo siguió igual y que la muchacha se prendió a las costumbres de doña Helen imitando su caminar, su porte erguido, y hasta su gusto por las galletitas enlatadas.

Dicen que los pequeños cambios, muy menudos, los notaron en el inglés. Estaba más ágil, más alegre, como al rescate de una juventud que se le escapaba. En las noches de verano, se sentaba en la galería con el torso desnudo muy tostado por el sol, y se mojaba el cuerpo con el agua helada del aljibe que le dejaban en una jarra de porcelana junto a su hamaca.

Doña Helen y Santos A. jugaban todas las noches su partida de ajedrez, mientras la Magdalena servía los jugos de frutilla en las copas de cristal que se vaciaban, o cuando los jugadores estaban muy absortos, se acercaba al inglés y ella misma mojaba la tela esponjosa y se la alcanzaba, y dicen que a veces ella misma la aplicaba sobre la piel ardiente del hombre.

Esa noche era la última noche de verano. Se apagaron las últimas luces de la casona y el silencio de la noche se resquebrajó por el relincho del padrillo árabe separado de la potranca en celo.

Doña Helen se levantó y siguió los pasos del hombre, esos pasos que la ultrajaban más que el encuentro amoroso. Caminó sobre la mullida alfombra del ancho corredor, bajó las escaleras y abrió la puerta.

Dos estampidos ahogaron el relincho del padrillo y unieron en la venganza a doña Helen y Santos A. con un muerto cada uno, para olvidar.

Dicen que unos años después, regresaron a la casa del valle y continuaron sus vidas. En las tardes de verano, se les veía tomar el té en la galería, y de noche jugaban al ajedrez.

Santos A. recorría la hacienda en los caballos árabes y a doña Helen se la veía pasear en su volanta de sello de bronce, con su parasol bordado.

AMOR DE CABALLO - Miguel Ángel Campodónico

Nadie se lo había advertido, en ningún libro lo había leído, menos en los diarios. El caballo se detuvo, lo miró, piafó, se dirigió hacia él, abrió la bocaza como para comérselo y empezó a hacerle mimos recostándole contra el pecho una cabeza grande como las que suelen tener los caballos. Un caballo sin jinete es de por sí un hecho singular (a pesar, no obstante y sin perjuicio de que ellos, los caballos, nacen desprovistos de jinetes), es también la representación de la libertad, la carrera majestuosa y arrogante por los campos de Dios (transitoriamente en manos de los hombres), es además la línea del horizonte al alcance de las humanas ambiciones (y de las patas equinas), es finalmente la maravilla del mar desafiante frente a los ojos (sin catalejos, ni periscopios, ni largavistas o cualquier otro aparato fabricado con la expresa intención de acortar las distancias), (o de alargar las miradas).

Y entonces, el caballo. Ese caballo en particular, ese amigo del hombre (en general, no del personaje que nos ocupa), esa bestia de tiro capaz de dar en el blanco (ahora sí el hombre que nos preocupa), ese compañero de los humanos (aunque menos, según dicen, que el perro), aquel caballo que es el mismo al que antes se ha mencionado como ese caballo, no correteaba su independencia sobre los verdes prados (ni siquiera sobre los marchitos), al contrario, aquel caballo, ese caballo, lo empujaba contra la pared, descontrolado, frenético en su lujuria amatoria, tal cual si él, el hombre, fuera una yegua en celo (o un macho homosexual liberado del superyó), y continuaba apretándolo contra el muro con golpes de cabeza, es verdad, pero también con lengüetazos húmedos que no cesaban de transmitir calor (y baba abundante).

Y fue entonces cuando el hombre entendió que no le disgustaba. (Silencio, vergüenza, preocupación, sensación de que debería comenzar una terapia psicoanalítica al día siguiente). Pero, a pesar de todo, hubo de apartarlo con todas sus fuerzas (las propias y las del resto de la humanidad sumadas, confluyendo para que triunfara la tradición, los hombres con los hombres, los caballos con los caballos), hasta temió el pobre hombre que le hubiera sobrevenido un ataque de zoofilia (aunque tampoco recordara haber leído nada de eso en los diarios de derecha o de izquierda), o que fuera víctima de un inesperado arranque de amor por alguien o por algo que tenía un cuerpo tan diferente al suyo, incluso se asustó al pensar que padecía una fiebre parecida a la uterina (solamente parecida, puesto que él, el hombre, carecía de matriz), y por eso, confundido al recordar su propia anatomía (y la del caballo), ya que no tenía claustro materno, ni útero propiamente dicho, continuó haciendo fuerza para sacarse al animal de encima (fue esta la primera vez que pensó en el caballo como en un animal, qué curioso, algo que muchas veces había pensado de otros hombres), y siguió empujando y empujando, hasta que el caballo (que no era tonto), se dio cuenta, se rindió al inconfundible rechazo que significaban los empujones, soportados en un principio como el precio por el que luego obtendría la satisfacción de sus deseos (los más bajos, rastreros, por supuesto, se sabe que los caballos no tienen otros), y cuando el caballo estuvo separado de él (no porque la fuerza del hombre fuera mayor que la equina sino porque el caballo aflojó entristecido por la humillación de sentirse rechazado), se puso a llorar, el caballo, el cuadrúpedo, y a él primero le dio lástima, ternura también, y le acarició la cabeza, lo quiso, es más, lo amó profundamente, pero ya era  tarde, no pudo creer (después sí creyó), que el caballo llorara con desconsuelo, las lágrimas le corrían por sus ojazos, lloraba como un niño llorón. Y cuando él vio que se iba, que se marchaba sin remedio, que ya no se daba vuelta, que continuaba llorando hasta alejarse de su vista, también él lloró (el hombre, qué cosa más normal tratándose de un hombre que termina de convencerse de que ama a un caballo sin ser correspondido, a una bestia que le da la espalda), (o las grupas).

ALGUIEN MUEVE LOS RUIDOS - Marcia Collazo

Memoria de la risa (I)

No muerto sino apenas ferozmente dormido.
Así te halló la luna,
así tejió la luna su capa de ceniza debajo de tu lengua,
exploró los contornos de tu vieja alegría agazapada,
le preguntó el temblor,
la veleidad de aquella lasciva carcajada,
ondulación de viento pecho arriba,
como si te rieras hasta siempre.
Después fue tu silencio:
muro de piedra y vidrio,
aceitosa penumbra te rondaba.
Nadie sabe, nadie verá al durmiente ni al cazador nocturno,
que baja por la hiedra con el enjambre blanco
de tu risa a la espalda.
En la ciudad del sueño abrías una puerta:
del otro lado el mundo, la ligera virtud de haber nacido,
y un resplandor doliente de luciérnaga.
Pero cuando este día desperece sus plumas,
habrá que reinventar toda certeza,
buscar si quedan rastros de esa risa tentáculo,
euforia del jadeo.

(Bostezarás, tomarás tu café, ensayarás tu mueca ante el espejo, y no sabrás jamás lo que ha pasado, como un soplo de polvo de planetas, sobre la tempestad de tu garganta).

Aquel pañuelo

Todo ha de repetirse un infinito número de veces, según las leyes del eterno retorno.
A Galia, in memoriam

Así las malas horas suben por la escalera sinuosa del olvido
Así vuelven más tarde,
en blancura caída como abrojo de nieve
por si la sola nieve,
o en sospechosa calma de veneno.
Así también tu risa de la última tarde,
y el verde de la espuma que bailaba en tus ojos,
ya entonces extranjeros.
Me acuerdo de tu pelo,
su relumbrón de miel y chocolate espejeando en la reja
de la puerta,
la infamia de tu pelo abandonándome.
Ya rodó el viejo vaso debajo de la mesa
y tus zapatos fueron a dar de bruces
en la tierra,
como pellejos de caballos vencidos.
Sobre todo recuerdo aquel pañuelo
que llevabas al cuello
y que yo sepulté como una aparición demasiado despótica
porque ya te habías muerto
y porque los objetos no dejan de bailar
en su rincón oscuro.
En su callar de astuta cortesana
me acechan, ronronean, pero al cabo,
si todo se repite un infinito número de veces,
entonces me apresuro
a borrar mi fatiga, mi fatal sobresalto,
por lo que no te dije
o por lo que te dije,
por lo que no debió perderse ni encontrarse
bajo el lomo erizado del recuerdo.

Mburucuyá

La bruja, dedo sacro, le designó un color como de ausencia –señorita de blanco desplegando la enagua, tibio tentáculo de cadenciosa lengua, un cierto olor a sueño sepultado, raíces venenosas de otra tierra-. Era de flor y fruto su palabra, morbidez de la aurora en la raya del monte, caracoleo de estambre, pegajoso ritual de mejillas de niña, o los labios abiertos, peligrosa, aparición de nadie tocada con la piel de todas las memorias y de ninguna madre; parecida a sí misma por lo tanto.

Bruja india masticó los sonidos, los meció en la hondonada de la lengua y escupió la palabra como una salamandra, dijo: mburucuyá. De esa boca mitad filo de piedra, cavernosa costumbre de acechar en lo oscuro, salió el fruto prohibido: dijo mburucuyá y ya era nombre, una extensión de sí por el aire aletazo, desfloración de piel, los pétalos abiertos, la promesa.

(para el ritual el padre preparaba las tazas, en el costado de un gran barco de niebla/ infusión de las hojas, barro que lo acunaba, le entibiaba las manos, decía su secreto/ el barco orilla el monte/ bruja lengua de pasto lame el viento).

QUASIMODO - Henry Trujillo

Yo quiero a Quasimodo. Lo crié yo porque mi madre murió al nacer él, porque salió muy grande y deforme y ella no pudo con el esfuerzo. Y porque mi padre siempre estaba borracho y no se preocupaba por nosotros si no era para mandarnos a buscar vino. Tomaba tanto vino que un día fui a despertarlo y me encontré con que había reventado y lo único que quedaba era una masa sin forma desparramada por todos lados. Los vecinos vinieron y lavaron el piso, y me dijeron que llevara a Quasimodo al orfanato. Pero yo no quise separarme de él, por más que a mí no me daban trabajo en ningún lado, porque de chico tuve poliomielitis y tengo que andar con bastones, pero nos quedaba la casita de mi madre, donde vivíamos, en Playa Pascual. En verano venían turistas y la gente siempre decía que era un buen lugar para los muchachos jóvenes que querían progresar. Entonces pusimos un puestito junto a la carretera y hacíamos limonada pero nadie nos compraba porque decían que éramos unos sucios. Nosotros no éramos sucios, lo que pasaba era que Quasimodo se tiraba al suelo a jugar y también se hacía las necesidades en la ropa y yo no podía lavarlo. Él se me escapaba a cada rato. Lo que más le gustaba era cazar pájaros y comérselos, porque era tan grande que siempre tenía hambre, pero a mí no me gustaba que se me fuera porque lo agarraban los gurises del barrio para tirarle piedras y reírse de él y yo no podía correrlos porque apenas puedo caminar. Entonces, para que no se fuera le conseguí unas campanitas de esas que se ponen en los árboles de Navidad y se las até a un palito, y él se entretenía haciéndolas sonar con una cucharita. Se pasaba horas escuchándolas con la boca abierta. Yo lo miraba y pensaba que éramos felices y me acordaba que mi padre decía que habíamos salido mal repartidos, que Quasimodo era grande y bobo y yo era normal y raquítico. Yo digo que por eso somos tan unidos. Yo subo a sus espaldas y él me lleva, y entonces somos una sola persona, yo soy su cabeza y él es mi cuerpo. Por eso compartimos todo, aunque Quasimodo lo único que puede compartir son esos pajaritos que caza que tampoco son muchos, y yo sé que a pesar de que tiene mucha hambre no se los come todos con tal de traerme uno o dos para mí.

Yo sé también que fue por eso que empezó a robar gallinas. A los vecinos no les hubiera molestado mucho que él les robara un pollito de vez en cuando, pero no soportaban verlo comérselos vivos, piando los pobrecitos mientras él los masticaba. Pero no era culpa de Quasimodo, sino de Dios que lo hizo tan grande y hambriento. Los vecinos querían denunciarlo. Yo les pedí que no lo hicieran y ellos al final dijeron que sí con la condición de que lo encerrara. Así que lo metimos en la pieza de papá y clavamos maderas en la puerta y la ventana, dejando solamente unas rendijas para que pudiera mirar afuera. Quasimodo pasaba llorando todo el día y a mí se me partía el alma cuando me llamaba o cuando, por la noche, se ponía a aullar como un perrito abandonado. Solamente cuando la luz de la luna entraba por las rendijas de la ventana él se calmaba, y entonces comenzaba a hacer sonar sus campanitas como si su pobre alma estuviera en ellas. Muchas veces me dormí escuchando su sonido.

Pero no podía durar mucho así. Los vecinos protestaban porque el olor a orín y caca se sentía desde lejos y atraía las moscas que formaban una nube negra alrededor de la casa. Al final pasó que unos gurises vinieron a molestarlo pinchándolo con un palo que pasaron entre las maderas de la ventana. Quasimodo se puso a gritar, y uno de los niños metió la mano dentro para tirarle una piedra. Él se la agarró y le arrancó el dedo de un mordiscón. Cuando el padre vio a su hijo con el muñón ensangrentado y llorando a lágrima tendida fue a hablar con un juez para que se llevaran a Quasimodo al manicomio.

Mañana lo van a venir a buscar. Pero yo no voy a dejar que se lo lleven. Ahora, cuando se duerma, le voy a clavar en la cabeza una lezna vieja que tengo. Yo sé que voy a ir a la cárcel, pero no me importa. Voy a llevar sus campanitas y las voy a hacer sonar en las noches de luna. Entonces será como si su alma se desprendiera de ellas y se quedara jugando allí, en el aire, mientras yo me duermo y sueño con ángeles raquíticos y demonios que comen pájaros.

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